Bienestar, Prevención, Salud

¿Qué es un ictus hemorrágico?

Es la rotura de un vaso sanguíneo cerebral y posterior hemorragia y se suele producir por defectos en los vasos sanguíneos.

El ictus es la segunda causa de muerte en España -la primera en el caso de las mujeres-, con entre 110.000 y 120.000 personas afectadas al año, por lo que resulta importante conocer a fondo esta patología. En términos generales, un ictus es algo así como un infarto de corazón, sólo que se produce en el cerebro por la interrupción repentina del flujo de sangre a un área cerebral, como explica el Observatorio del Ictus.

Consulta, tratamientos y pruebas

Se suele clasificar en dos tipos diferentes en función de su causa: isquémico (taponamiento de una arteria) o hemorrágico (rotura de una arteria).

Qué es un ictus hemorrágico

Aunque suele ser el menos frecuente de los casos de ictus -entre el 10 y el 15 por ciento de los casos-, conviene saber en qué consiste el ictus hemorrágico para reconocerlo a tiempo y tratarlo con la mayor urgencia posible, puesto que en los accidentes cerebrovasculares la rapidez de actuación es vital para minimizar los daños y prevenir la muerte.

El ictus hemorrágico es fruto del debilitamiento y la rotura de un vaso sanguíneo, de forma que la sangre se expande hacia el cerebro, provocando la rápida muerte de las células del cerebro o neuronas y una alteración general del funcionamiento del órgano.

Dentro de este tipo de apoplejía, se suele hablar de hemorragia intracerebral (las más frecuentes), que se desarrolla en el interior del tejido cerebral cuando la sangre que surge de la arteria rota se expande por el tejido de alrededor, poniendo incluso en riesgo la vida por el aumento de la presión en el cráneo.

También pueden producirse hemorragias en el espacio entre el cerebro y la parte interna del cráneo (subaracnoideas), por lo que son más superficiales. La menos frecuente es la intraventricular, una hemorragia que por lo general sigue a la intracerebral o subaracnoidea, inundando los ventrículos cerebrales y el sistema ventricular.

Causas de ictus

Hay personas que presentan determinados defectos en los vasos sanguíneos cerebrales que les sitúan en mayor riesgo de sufrir un ictus hemorrágico. Los más habituales son:

  • Aneurisma cerebral o craneal: se trata de la existencia de una zona débil en la pared de un vaso sanguíneo del cerebro que hace que esté abombado o que sobresalga más de lo normal. Puede estar presente desde el nacimiento (congénito) o producirse a lo largo de la vida, por ejemplo, por una lesión. Los más comunes son aquellos que pueden ir desde unos pocos milímetros a más de un centímetro, conocidos como sacciformes y que son más comunes en los adultos. Hay otros menos frecuentes que implican el ensanchamiento de todo un vaso sanguíneo o abombamiento de una parte de un vaso. Se estima que un 5 por ciento de las personas padece este trastorno, pero solo unos pocos de ellos sufrirán rotura del vaso, es decir, ictus hemorrágico, según la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos.
  • Malformación arteriovenosa: consiste en conexiones anormales entre las arterias y las venas cercanas en el cerebro, sin la unión de los vasos normales (capilares) entre ellas. Estas anormalidades suelen estar presentes desde el nacimiento y las hay de distintos tamaños y pueden darse en diferentes lugares. Por presiones o daños en el tejido de los vasos, existe la posibilidad de que se rompan y se produzca hemorragia en el cerebro, sobre todo entre las edades de 15 a 20 años.

Síntomas y diagnóstico de la enfermedad

Aunque hay ocasiones en las que la persona que sufre un ictus hemorrágico no se percata, los síntomas suelen depender del lugar en el que se produce el accidente cerebrovascular. Suelen ser de rápida aparición, aunque también los hay que surgen de manera intermitente durante uno o dos días.

Lo más frecuente en el ictus hemorrágico es que los síntomas aparezcan al inicio, con la progresión del sangrado en las horas siguientes (35 por ciento de los casos). Los síntomas más comunes suelen ser:

  • Dolor de cabeza intenso que empeora al acostarse boca arriba, cambiar de posición, agacharse, toser o hacer cualquier esfuerzo.
  • Alteración del nivel de consciencia.
  • Vómitos.
  • Tensión arterial muy elevada.

Pero también puede presentarse:

  • Alteración de la lucidez mental.
  • Dificultad para leer, escribir o hablar o entender a los que le hablan.
  • Entumecimiento u hormigueo de un lado del cuerpo, debilidad muscular en la cara, el brazo o la pierna de un lado.
  • Alteración del sentido del tacto.
  • Confusión o pérdida de memoria.
  • Pérdida de equilibrio o coordinación y mareos.
  • Trastornos de la visión, como disminución, visión doble o ceguera.
  • Problemas para tragar.

Ante la presencia de uno o varios de estos síntomas de alarma, se debe acudir rápidamente al servicio de urgencias porque cada minuto cuenta a la hora de preservar las neuronas o evitar secuelas. Se calcula que el 40 por ciento de las personas que sufren un ictus vive con alguna dependencia funcional discapacitante. Además, la mortalidad en los ictus hemorrágicos ronda el 45 por ciento durante las 24 primeras horas del evento.

Si un paciente llega a un centro hospitalario durante las seis primeras horas desde el inicio del accidente cerebrovascular, se pueden reducir las complicaciones hasta un 30 por ciento. Así, el ictus se considera una emergencia médica, por lo que se suele dar prioridad a los pacientes que puedan ser susceptibles de sufrir uno. El médico realizará un examen físico al paciente para comprobar la existencia de alguno de los síntomas sospechas de ictus.

Además, es posible que se realicen pruebas de neuroimagen, como: escáner, resonancia magnética cerebral, ecografía doppler de troncos supraaórticos, que permite evaluar el flujo sanguíneo de las venas, y dopler transcraneal.

Tratamientos

Rehabilitación

El tratamiento del ictus hemorrágico suele consistir en la embolización endovascular, es decir, tratar la anormalidad de los vasos sanguíneos del cerebro. Para ello, el médico accederá al aneurisma cerebral mediante una sonda flexible y pequeña (catéter) que se introduce en el paciente mediante un agujero en la arteria femoral a la que se llega desde la zona inguinal.

Gracias a un medio de contraste (una sustancia colorante) que se inyecta en esta sonda, se puede manejar siguiéndola en las radiografías hasta el lugar del problema. El médico sellará el vaso sanguíneo defectuoso con algunos de los distintos dispositivos existentes, que impiden que vuelva a romperse.

Posteriormente, habrá que valorar los factores de riesgo con el fin de prevenir un nuevo evento cardiovascular. En el caso de que haya provocado daños cerebrales, se incluirá al paciente en un tratamiento de rehabilitación para volver a aprender las aptitudes que se han perdido o nuevas maneras de realizar tareas para compensar cualquier dificultad restante, según explica el Instituto Nacional de Desórdenes Neurológicos e Ictus estadounidense.

La terapia de rehabilitación suele empezar dentro de las 24-48 horas posteriores al ictus, generalmente centrada primero en el movimiento independiente, por ejemplo, haciéndoles cambiar de postura en la cama o con ejercicios pasivos, es decir, de movimiento de algún miembro con ayuda del terapeuta.

Así, se irá evolucionando poco a poco, en función de la gravedad de las secuelas, por lo que el tratamiento puede llevar desde meses hasta años.

En las distintas fases y áreas de recuperación intervienen distintos especialistas, desde médicos, enfermeras y fisioterapeutas hasta terapeutas ocupacionales y recreacionales (principalmente para volver a desarrollar tareas cotidianas) y patólogos del habla y el lenguaje.