Alimentos, Nutrición

¿Tomamos el fósforo necesario en nuestra alimentación?

Al consumir cada vez más alimentos procesados, la ingesta dietética de fósforo a través de los aditivos excede los niveles recomendados. El problema es que sus cantidades no se reflejan en el etiquetado de los productos.

Cada vez somos más conscientes de los ingredientes y/o nutrientes que contienen los alimentos que ingerimos. A la hora de ir al supermercado, miramos si contienen azúcar, la cantidad de grasa que tienen, si poseen aceite de palma -un ingrediente ahora muy cuestionado- o las proporciones de sal…, pero también en qué tipo de vitaminas es rico o si contiene los minerales que necesitamos. Sin embargo, hay muchos que pasan desapercibidos, no sabemos ni si quiera que existen o directamente no se reflejan en las etiquetas, como el fósforo.

Qué es el fósforo

Se trata del segundo mineral más abundante en el organismo, ya que está presente en cada célula. Principalmente, está en los dientes y en los huesos, ya que su función es formarlos. El fósforo, que constituye el 1% del peso del cuerpo, influye en cómo el cuerpo emplea los carbohidratos y las grasas, además de en la producción de proteínas para las células y los tejidos y una molécula -ATP- para almacenar energía.

Según detalla la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, este mineral trabaja en alianza con las vitaminas del grupo B, colaborando además en la contracción muscular, el funcionamiento de los riñones, la regulación de las palpitaciones y las señales nerviosas, así como en la activación de enzimas y el metabolismo energético, entre otras cuestiones.

Qué aporta como nutriente

En sus medidas adecuadas, este mineral ayuda a la mineralización ósea, ya que es fundamental para mantener el equilibrio de calcio en nuestro cuerpo, además de poner su granito de arena en la producción y el almacenamiento de energía y la regulación de la homeostasis ácido-básica -equilibrar la producción de ácidos y bases de los procesos metabólicos-.

Además, el fósforo resulta beneficioso para la memoria, la concentración, el estado de ánimo, la digestión, los riñones, los huesos, las encías y los dientes, así como para reducir los síntomas propios de la menopausia, al jugar un papel en la regulación hormonal.

El fósforo está presente en los alimentos con proteínas, como la carne de ave y de ternera, el pescado, los huevos y la leche, pero también en legumbres y frutos secos -en pipas de girasol, principalmente-. Además, lo podemos tomar en los panes y los cereales integrales, mientras que las frutas y las verduras lo poseen en pequeñas cantidades.

Problemas de consumir demasiado fósforo

Como en todo, lo mejor es ingerir este mineral en su justa medida. El Instituto de Medicina de Estados Unidos recomienda consumir en la dieta las siguientes cantidades de fósforo:

  • De 0 a 6 meses: 100 miligramos por día (mg/día)
  • De 7 a 12 meses: 275 mg/día
  • De 1 a 3 años: 460 mg/día
  • De 4 a 8 años: 500 mg/día
  • De 9 a 18 años: 1.250 mg/día
  • En adultos: 700 mg/día

Fósforo alimenticio

El problema es que parece que en España superamos esos valores: tomamos entre dos y cuatro veces más fósforo del que necesita el cuerpo, es decir, unos 2-3 gramos diarios frente a los 700 miligramos aconsejados. Los nefrólogos españoles consideran que este consumo excesivo de fósforo en nuestro país se debe al auge de la ingesta de alimentos procesados, donde hay fosfatos en forma de aditivos, conservantes y saborizantes, como, por ejemplo, en las bebidas gaseosas.

Y esto resulta peligroso. La cuestión es que un exceso de fósforo daña el riñón, sobre todo en las personas mayores y en los colectivos que tienen mermada la función renal, puesto que se enfrentan a más problemas para eliminarlo. Como explica la Sociedad Española de Neurología (SEN), los fosfatos de los alimentos procesados se absorben fácilmente por el organismo, con el mencionado daño a los riñones y la aceleración del proceso de envejecimiento por calcificación de los vasos sanguíneos y descalcificación de los huesos.

Además, cantidades elevadas de fósforo en la sangre pueden unirse con el calcio y provocar depósitos en los tejidos blandos, como los músculos. También es posible desarrollar un trastorno llamado tetina -espasmos dolorosos en las extremidades-. Incluso, hay estudios que asocian las concentraciones de fósforo en el suero de la población general con un incremento de las tasas de enfermedades cardiovasculares y mortalidad en sujetos con o sin enfermedad renal, según el Centro de Información de Micronutrientes de la Universidad Estatal de Oregón, en Estados Unidos.

Finalmente, hay investigaciones que apuntan que niveles elevados de fósforo están vinculados con el doble de riesgo de enfermedad renal crónica o hipertrofia ventricular izquierda -una patología ligada a problemas cardiovasculares-. Los expertos apuntan que una disposición anormal de fosfato de calcio en los tejidos blandos puede predisponer a las personas a una disfunción vascular y enfermedad cardiovascular.

Por qué debería aparecer en el etiquetado

A pesar de la importancia de controlar las cantidades de fósforo que se toman, la normativa sobre el etiquetado de los productos alimenticios engloba a los aditivos bajo la denominación ‘E’ seguida de una serie de números, que resultan indescifrables para el consumidor común cuando está comprando en el supermercado. Puede llegar a descubrir qué significan esos números si los consulta en alguna aplicación, pero sin conseguir conocer las cantidades exactas de fosfatos presentes en cada producto.

Un estudio de un grupo de investigadores españoles publicado en 2014 reveló que el etiquetado de los productos alimenticios aporta “escasa” información sobre el contenido de fósforo, a pesar de que el procesamiento de los alimentos implica frecuentemente el uso de aditivos fosfóricos.

Se trata principalmente de productos refrigerados-congelados, empaquetados, cereales y yogures y, en general, los productos más baratos, que son los que poseen más niveles de aditivos –reguladores del pH, antioxidantes, estabilizantes proteicos, potenciadores del sabor, mejorantes del color, sales fundamentes en quesos, mejoradores de masas y levaduras químicas–.

Por ello, el pasado octubre, la Sociedad Española de Nefrología pidió a las organizaciones de consumidores que exijan a las autoridades competentes y la industria alimenticia que se incluya en el etiquetado de los alimentos las cantidades de fósforo que poseen. A su juicio, se perdió una oportunidad para dar este paso en la reforma de la legislación sobre el etiquetado alimentario que está vigente desde 2006.

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